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Una vez por semana paso al lado de este puesto de control, situado en el embalse de Valmayor (comunidad de Madrid), al que me gusta referirme como “casa de cemento y cristal”.
Me recuerda a modo de metáfora, a ciertas «partes» de la condición humana. La parte más resistente nos mantiene en pie frente al mundo, mientras la parte más vulnerable nos permite conectar con él.
Cemento y Cristal
Imagino el cemento como la base de nuestra identidad. Una parte sólida, tosca y rotunda que todo lo soporta. Estructura interna que resiste el embate de los años, las tormentas emocionales y las inclemencias inevitables de la vida.
Su belleza no responde a los cánones de la estética superficial, sino a la nobleza de su función: la de aguantar el peso, la de ser refugio inquebrantable cuando el entorno se vuelve hostil.
Esa solidez es la que nos permite mantenernos firmes a nuestros principios, y sin embargo, atención, que el exceso de solidez nos vuelve rígidos y opacos.
El Camino Medio
Percibo el cristal como nuestra fragilidad. Al ser la parte más expuesta y vulnerable, requiere de una atención constante. Cuidarlo, protegerlo, y limpiarlo de las impurezas que el viento va dejando en su superficie.
Y de nuevo atención, esa vulnerabilidad es completamente necesaria.
Es el elemento que aligera el conjunto.

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