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EVA LOZANO
En el verano del año 2014, a mis 22 años, mi vida cambió por completo. Yo era una chica “normal”: estudiaba Comercio y Marketing en Toledo, vivía con mis padres y mi hermana en el pueblo, tenía mi pareja y a un maravilloso grupo de amigas.
De repente, empecé a sentir que algo no iba bien en mi cuerpo. Ya no podía hacer mi vida cotidiana y, por primera vez, no encontraba respuesta en las consultas médicas.
Hasta entonces, mi experiencia había sido sencilla: si me sentía mal, iba al médico, me decían que tenía y me recuperaba. Pero esta vez era distinto. Al desconcierto de no saber qué me pasaba, se le sumaban los prejuicios por mi edad. Escuchaba frases como: “A ver, chica, ¿qué te ocurre?, ¿tienes novio?, ¿estás nerviosilla?”
EL DÍA QUE DEJÉ DE SER UNA CHICA «NORMAL»: Una reflexión sobre la enfermedad, la vulnerabilidad y el arte de caminar paso a paso — Eva Lozano
Tras una incansable búsqueda, por fin obtuve respuesta en una consulta privada: cáncer de estómago.
Recuerdo recibir el diagnóstico desde la inocencia propia de los 22 años: asustada, pero sin ser realmente consciente de todo lo que supondría el proceso. Me resistía a creer que yo fuera la protagonista de esa historia, estaba convencida de que el cáncer era algo que ocurría a los demás.
¿Me voy a morir?
En la siguiente consulta, el doctor me dijo: “Eva tenemos que hacer pruebas y ver el alcance de todo esto”. Con una frialdad nacida del miedo, le pregunté directamente: “¿Me voy a morir?”. Su respuesta fue un pausado “Vamos paso a paso”. En el fondo, yo buscaba desesperadamente un “Claro que no, Eva, en nada te pones buena”. En aquel momento esa respuesta tan realista me marcó profundamente, aunque hoy la comprendo a la perfección. Hasta ese día siempre había sentido que mis padres tenían el control de todo y que podían resolver cualquier problema o temor. Pero este día todo cambió: al mirar sus rostros, vi más miedo en ellos que en mí misma.
De la noche a la mañana mi vida cotidiana se convirtió en una pregunta constante: “¿qué cita me toca mañana?”. Me transformé en una paciente a tiempo completo.
¿Me está pasando esto a mí?
El 1 de agosto llegó la cirugía, el primer gran paso del tratamiento. Mientras que mis amigos y familiares se iban de vacaciones, me parecía irreal que el mundo siguiera girando como si nada ocurriera a mi alrededor. Pasé 11 días ingresada, los más duros de mi vida. Aun así, mi mente intentaba protegerse pensando que, tras el alta todo volvería a la normalidad. Pero no fue así: la chica “normal de 22 años” ya no volvería a ser la misma.
Cuando llegue la primera vez a oncología para recibir quimioterapia, no entendía que hacía allí. Sentí que no formaba parte de ese grupo de personas: “Yo no estoy tan mal”, me decía a mí misma para intentar protegerme. Recuerdo subir al “sillón de las chuches” como lo llamaban allí con cariño, pensando que sería cuestión de un rato y nos iríamos. Pero la realidad era otra, pasábamos allí el día entero y, conforme pasaban las horas mi cuerpo se agotaba, llegaba bien, pero salía fatal.
Todo el tratamiento fue duro y doloroso, pero la falta de aceptación lo hacía aún más pesado. En mi rabia, sentía que la enfermedad me daba derecho a todo: a ser injusta, altiva, borde o distante, olvidando que mis padres también estaban atravesando su propio infierno. Creía que el dolor me justificaba, aunque en el fondo esa actitud no mejoraba nada, solo lo complicaba aún más. Detrás de cada reproche no había más que un miedo feroz.
Compartir miedos y risas
Con el tiempo, comprendí que ese proceso no era solo una lucha, sino también un profundo proceso de aprendizaje.
Empecé a valorar la suerte que tenía dentro de mi circunstancia: al ser joven, al volver a casa solo debía concentrarme en recuperarme. Mis padres me cuidaban, preparaban lo que podía comer y me permitían descansar sin las presiones ni responsabilidades que muchos otros enfermos debían afrontar. Aprendí a agradecer profundamente ese abrigo.
Al principio, iba a las sesiones con auriculares para aislarme en mi propio mundo. Sin embargo, con el paso de los días, descubrí que cada persona en esa sala guardaba una historia valiosa. Aquellas horas compartidas se convirtieron en nuestra propia terapia: charlábamos, compartíamos miedos y también risas.
Nadie te entiende mejor que quien está pasando o ha pasado por lo mismo. Pasé de ser una extraña a ser “la niña”, como me llamaban con cariño al llegar. El equipo de enfermería hacía lo posible por hacer las sesiones lo más amenas posibles, con música o televisión de fondo.
Lo que no siempre alcanzamos a ver
Mi última sesión fue el 22 de diciembre de 2014; mientras recibía el tratamiento, veíamos el sorteo de Lotería de Navidad. Siempre digo que a mí ya me había tocado el premio gordo ese día. Ya no me sentía diferente a ellos: éramos una comunidad sosteniéndonos.
La enfermedad rompe certezas y te obliga a poner los pies en la tierra. Entendí que no podía resistirme al cambio: mi vida se había transformado para siempre y me tocaba aprender a reconstruirme con las secuelas físicas y emocionales. Vivir sin estómago me enseñó la enorme capacidad de recuperación que tiene el cuerpo y cómo la mente puede convertirse en tu mejor aliada o tu peor enemiga.
Aprendí que nadie tiene garantizada una vida de cien años, que la vida es efímera y cambia en un pestañeo. Aprendí a no guardar rencor, a vivir con sencillez y serenidad, sabiendo que detrás de cada persona hay una historia que no siempre alcanzamos a ver.
Agradecer a la vida
En la actualidad, disfruto profundamente de las cosas más sencillas y agradezco cada día a mi cuerpo que me permita seguir viva y estar hoy aquí. Ahora entiendo de verdad lo fundamental que es cuidarse, tanto por dentro como por fuera. Por eso voy a terapia para seguir aprendiendo, conociéndome y sanando en el día a día. En definitiva, creo que el paso por esta enfermedad me ha transformado en una mejor persona.
Agradezco a la vida la oportunidad de haber superado este obstáculo para poder jugar una segunda partida, esta vez con la ventaja de conocer algún que otro truco para avanzar hacia la meta.
Eva se define como una mujer leal, coqueta, bromista, intensa en su forma de querer, amante de los animales y luchadora incansable ante las injusticias. Ha aprendido a mirar más allá de sus creencias y a construir su propio camino con total libertad, sin depender de la aprobación ajena.
PALABRAS QUE SUMAN: APRENDER A HABITAR LA INCERTIDUMBRE
A veces descubrimos que gran parte del sufrimiento que arrastramos, nace de nuestra propia resistencia a aceptar que somos vulnerables. Tomar conciencia de lo que nos duele, sin autoexigencias, sobreanálisis, ni armaduras artificiales, nos permite abrir un espacio genuino para la compasión y el autocuidado.
Cuando aceptamos lo que hay, vemos lo que ocurre y tomamos perspectiva, llegamos a descubrir fortalezas que ni siquiera éramos conscientes de tener. También aprendemos a apoyarnos en las personas que comparten nuestro mismo camino, y así todo se vuelve un poco más fácil.
Comprender todo esto nos ayuda a valorar las pequeñas cosas del día a día y a tratarnos con más cariño.
Gracias Evita, por recordarnos desde tu propia vivencia, que la vulnerabilidad lejos de ser una debilidad, es el puente más honesto hacia la gratitud y la transformación personal.
Caminar paso a paso.
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«Palabras que Suman» nace para acompañar en momentos difíciles y recordar que conocerse a uno mismo es esencial para remontar el dolor. Si has encontrado esta clave en tu propia experiencia y sientes que puede ser luz para otros, nos encantaría leerte.
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